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La modificación genética de alimentos, hecha en nombre de la lucha contra el hambre, enriquece a multinacionales, empobrece al campesinado y transforma al consumidor en conejillos de indias de enfermedades desconocidas. La opinión pública recién está comprendiendo la dimensión del problema que brota por doquier.

Hace cinco años, Estados Unidos de América aprobó el primer alimento genéticamente modificado, una variedad de tomate. Le siguieron semillas herbicidas y resistentes a la sequía, algunas con genes adicionales de bacterias y virus. Hoy hay 56 alimentos transgénicos en ese mercado y el pronóstico es que en cinco años más todos los productos agrícolas del mercado interno de EEUU serán transgénicos.

La propiedad intelectual de esas semillas con modificaciones genéticas es propiedad de unas pocas multinacionales, como Monsanto y Novartis. Los agricultores deben aceptar una relación de dependencia con ellas para obtener cosechas en cantidad y tamaño adecuado para competir en el mercado y los consumidores no logran que sea obligatorio el etiquetado especificando que el producto tiene origen transgénico.

Esto implica posibles problemas de salud y en particular reacciones alérgicas todavía no dimensionadas para el consumidor, y la imposibilidad de que países en desarrollo, con una economía fundamentalmente agraria, puedan competir en un rubro en el que basan su subsistencia.

No hay aún claridad sobre las demás implicancias de esta intervención artificial en el campo de la genética con el único propósito del lucro. Experimentos en Escocia y Dinamarca con una oleaginosa resistente a los herbicidas determinó que éstas se cruzaban con una maleza, a la que transformó en una supermaleza resistente a los productos conocidos.

Otros casos son todavía inciertos, pero parecen cócteles explosivos. Para aumentar la resistencia al frío de tomates y frutillas, o fresas, se incorpora a su árbol genético un gen anticongelante proveniente de un pez del mar Ártico. Se agrega un segundo gen que permite poner en funcionamiento el gen del pez y un tercer gen que opera de antibiótico. Las transferencias indiscriminadas de genes entre organismos muy diferentes y que jamás podrían producirse por vías naturales son motivo de preocupación de la comunidad científica y de organizaciones de consumidores como Consumers International, la mayor organización de consumidores del mundo.

Organizaciones no gubernamentales reclaman actualmente participación del consumidor en la toma de decisiones sobre alimentos modificados genéticamente, un marco de regulaciones para su investigación, desarrollo, producción y comercio, e información a los consumidores sobre esos resultados, entre otros, en las etiquetas de los productos.

El principal argumento de las multinacionales a favor de este tipo de alimentos es que ayudarán a superar el problema del hambre. Los argumentos contrarios, surgidos de la Cumbre de la Alimentación efectuada en 1996 en Roma, señalan que el problema del hambre no se origina en la escasez de alimentos sino en su distribución desigual y por lo tanto en el acceso a ellos.

 

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